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REPENSAR EL DESIGN THINKING?

El concepto de Design Thinking se remonta a finales de los años 50 y la década de los 60 con textos como Creative Engineering (1959) de John E. Arnold y Systematic Method for Designers (1965) de L. Bruce Archer, que plantearon el diseño como una manera creativa de resolución de problemas y exploraron la sistematización del proceso de diseño. A lo largo de las décadas siguientes, otros autores hicieron notables aportaciones a la reflexión en torno al proceso de diseño y la concepción del diseño como una manera de pensar, como The Sciences of the Artificial (1969) de Herbert A. SimonExperiences in Visual Thinking (1973) de Robert McKim, o el conocido artículo de Nigel Cross Designerly Ways of Knowing (1982). En los 90, el design thinking va ganando adeptos, destacando la creación de la empresa de consultoría IDEO en 1991. Esta empresa ha sido en las últimas décadas una de las principales promotoras del Design Thinking, que ha adquirido una gran popularidad particularmente a partir de finales de la década de 2000 y en los últimos ocho años.

El Design Thinking presenta, por tanto, una compleja y extensa historia que puede repasarse en el completo resumen que ha elaborado Jo Szczepanska, junto con una clarificadora línea de tiempo. Con todo, es en los últimos años cuando se ha popularizado más el término (debido en parte a la introducción del design thinking en las empresas por parte de IDEO y otras consultoras), a la vez que se ha distanciado del concepto tradicional de diseño. Como indica Szczepanska:

“El auge el ámbito de diseño de servicios ha creado nuevas herramientas y procesos que conllevan la co-creación y el diseño participativo. Esta transición hacia el diseño colaborativo y los equipos multidisciplinares se ha centrado en abrir procesos creativos y esquemas mentales hasta ahora internalizados para hacerlos más transparentes y útiles para todo el mundo.”

(Szczepanska, 2017)

Hace unos años, Jon Kolko describía una “cultura centrada en el diseño” que trasciende la idea tradicional de diseño para convertirla en una serie de principios que se aplican a la creación de cualquier idea. Estos principios, según Kolko, se resumen en los siguientes puntos:

  • Crear empatía con los usuarios, observando sus acciones y procurando entender qué quieren y necesitan, así como su reacción emocional a los productos.
  • Crear modelos para trabajar con problemas complejos, más allá del diseño de un objeto concreto.
  • Usar prototipos para explorar posibles soluciones poniendo en práctica el método de ensayo y error y dando un papel primordial al prototipo como primera materialización de una idea.
  • Tolerar el error, partiendo del reconocimiento de la dificultad de acertar en el primer ensayo y dando mayor importancia al proceso en sí.
  • Aplicar una contención meditada en el diseño del producto, haciéndolo lo más simple posible para conectar más fácilmente con el usuario. (Kolko, 2015)

El autor y diseñador incidía entonces en la importancia del Design Thinking para las empresas, en particular aquellas que deben ocuparse de la experiencia de usuario. Con todo, este creciente interés por aplicar los principios del método de diseño en el contexto empresarial también ha generado críticas, que se han hecho notar particularmente a lo largo de este año. En febrero, la diseñadora Natasha Jen afirmaba rotundamente que “el Design Thinking es una tomadura de pelo.” Con ello buscaba criticar, no la larga cadena de aportaciones teóricas que se han hecho desde los años 60, sino la manera en que el Design Thinking se ha convertido en los últimos años en un término de moda, que “se presenta como una herramienta para la innovación [por medio de] cursos pobremente elaborados que ofrecen una aproximación superficial al rigor de la disciplina del diseño” (Jen, 2018). En una dura crítica a los promotores del Design Thinking, Jen considera que se simplifica en exceso el proceso de diseño y se generan unas expectativas que, en la mayoría de los casos, se verán frustradas:

“El marketing de Design Thinking debe dejar de seducir a las empresas con un proceso de diseño diluido. La reducción a cinco pasos de un esquema mental complejo dedicado a la resolución creativa de problemas hace que el diseño parezca sencillo, cuando no lo es.  […] Por tanto, no se dejen engañar por la desmitificación del proceso de diseño o la oportunidad de desarrollar ideas de millones de dólares en un taller a base de post-its.” (Jen, 2018)

Otros profesionales coinciden con Jen en criticar el uso actual del Design Thinking más que ella metodología en sí. La diseñadora Lillian Ayla Ersoy indica que, mientras se declara una defensora del Design Thinking, admite que su aplicación ha creado un entorno en el que los diseñadores deben trabajar de forma rápida con clientes y empleados sin experiencia en diseño, lo cual resulta perjudicial para la creatividad de la diseñadora y centra el proceso en los aspectos funcionales, dejando de lado los aspectos estéticos y emocionales del producto final (Ersoy, 2018). Coincide también con Jen en criticar la brevedad de los talleres que pretenden limitar el trabajo de conceptualización a unas pocas horas o días, cuando lo que se requiere es un trabajo prolongado por parte de un equipo bien compenetrado:

“Los equipos, además, suelen contentarse con descubrir la punta del iceberg. Tanto tiempo y dinero se ha gastado ya en la fase de descubrimiento e ideación, que nos vemos obligados a crear rápidamente soluciones mediocres. […] Los diseñadores y creativos son tan buenos como el equipo que les rodea. Si una diseñadora de talento tiene que dedicar el 80% de su tiempo educando a otros o explicando constantemente cada decisión de una manera racional a los implicados, puede que deje de ser una diseñadora de talento en unos cuantos años.” (Ersoy, 2018)

De manera similar a lo expresado por Jen, Lillian Ayla Ersoy opina que el Design Thinking genera un proceso que amenaza el trabajo de los diseñadores y defiende una fase de ideación y diseño en modo de “caja negra,” es decir que clientes y colaboradores confían en el trabajo de un equipo de profesionales que les presentan una idea desarrollada, pero abierta a colaboraciones y nuevas versiones. Esta postura es contestada por la diseñadora Michaela Fiasová, quien opina que limitar el proceso de diseño a los diseñadores es “elitista,” a la que vez que denuncia lo que considera “mitos” del Design Thinking, como que es preciso seguir todas sus fases de forma secuencial o bien que es un método que puede aplicarse a cualquier reto. “El Design Thinking,” afirma Fiasová, “es la norma, en la mayoría de los casos, cuando se trata de diseñar productos físicos que son táctiles y deben facilitar la misma experiencia a todos los usuarios. Tiene sentido para una gran empresa, en particular cuando un nuevo producto requiere una inversión importante en ingeniería” (Fiasová, 2018). En lo que sí coinciden Fiasová y Jen es en considerar que los diseñadores deben ser más críticos y no aceptar sin más un proceso que se ha establecido sin apenas cuestionamientos y se está popularizando en ocasiones por medio de una aproximación superficial a la metodología original.

Incluso un defensor del Design Thinking como es el diseñador Khoi Vinh admite que puede ser muy superficial y producir resultados frustrantes, pero también indica que el mayor problema es la tensión que se produce entre los diseñadores ante la democratización de su disciplina: “cuando oigo críticas al Design Thinking,” afirma Vinh, “me suena a territorialidad. Me suena a que los diseñadores están protegiendo su territorio” (Vinh, 2018). Frente a este “proteccionismo”, Vinh propone el aspecto positivo de una apertura del diseño a otros ámbitos:

“Cualquier asimilación del diseño por parte de los no diseñadores […] es algo bueno porque significa que nuestro lenguaje, el lenguaje de los diseñadores, se está extendiendo al resto del mundo. Y esto es importante porque relativamente pocas personas entienden de diseño, y muy poco del lenguaje del diseño se ha introducido en el mundo real. Hay muy poca comprensión del diseño por parte de los no diseñadores, y eso se debe en parte a que la gente no dispone del lenguaje para hablar de diseño.” (Vinh, 2018)

Vinh incide en la importancia de ampliar el lenguaje del diseño para que realmente pueda cambiar el mundo, como suelen afirmar los diseñadores. Para que el diseño pueda efectuar estos cambios es preciso que la gente entienda mejor el diseño, afirma Vinh, y también que los diseñadores entiendan mejor su propia disciplina. En este sentido, el debate sobre el Design Thinking ayuda a cuestionar en qué debe convertirse el diseño, en el presente y en el futuro.

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